Una pastelería en Tokio. El miedo a la lepra

una pasteleria en tokio_tokue_sentaro Aunque tengo la mala costumbre de hacer spoilers en los propios títulos de mis entradas –lo siento–, me gustaría reiterarlo una vez más, y es que el tema de esta entrada es precisamente el golpe de efecto de la japonesa Una pastelería en Tokio. En un principio, esta película trata sobre tres personas unidas a través de la pastelería de dorayakis que regenta una de ellas, Sentaro. La sorpresa llega a mitad del filme, cuando se descubre que Tokue, la anciana que ayuda a Sentaro a la hora de fabricar “anko” –el relleno de judías rojas de los dorayakis–, sufre de lepra.

A partir de este descubrimiento, ya no solo por parte de Sentaro sino también por parte de los compradores usuales de dorayakis, somos espectadores de cómo la sociedad da la espalda a los enfermos de lepra: la afluencia de clientes a la pastelería cae en picado como resultado de tener a una leprosa trabajando manualmente los dorayakis. Si bien es comprensible en cierto modo sentir reparo por comer algo que ha estado en contacto con una piel con protuberancias de la lepra, esto es fundamentalmente por desconocimiento de la lepra.

una pasteleria en tokio_tokue_dorayakisLa lepra ya no es un peligro para la sociedad, una enfermedad altamente contagiosa cuyo único modo de prevención es no acercarse a aquellos que la sufren, como en Ben-Hur, en la que hacía falta un milagro para curarse. La enfermedad de Hansen –ese es el nombre oficial de la lepra– no solo no es muy contagiosa, sino que no es contagiosa en absoluto si el infectado sigue el tratamiento médico correspondiente. Sin embargo, el desconocimiento y los prejuicios llevan a que más de 180 000 personas en el mundo –dato de prevalencia en 2013 según la OMS– estén marginadas socialmente.

En Una pastelería en Tokio, Tokue vive en un sanatorio para leprosos. Indagando en la historia de Japón, llama la atención la existencia de este leprosario teniendo en cuenta que la ley de prevención de la lepra lleva veinte años derogada. Esta ley condenaba a los enfermos de lepra y sus familiares a trasladarse desde su casa a estos centros, que eran como cárceles, según el testimonio de uno de los enfermos recogido por El Diario. De esta forma, nos encontramos con que, aunque ya nada obliga –al menos teóricamente– a los enfermos de lepra a aislarse de la sociedad, los cuarenta años en que la ley de prevención de la lepra estuvo vigente ha creado un estigma social del que es difícil desprenderse. Por tanto, y como le pasa a Tokue en el filme, puede resultar más fácil vivir en un leprosario junto a otros enfermos que no se temen que intentar reintegrarse en una sociedad que da la espalda.

una pasteleria en tokio_tokue

Los leprosarios que perviven en la actualidad están abocados a desaparecer, no solo por su falta de obligatoriedad sino porque en ellos únicamente viven personas mayores, como en Una pastelería en Tokio. Como decía antes, la vida en la actualidad no es Ben-Hur: un milagro ya no es el único modo de salvarse de la enfermedad y del consiguiente rechazo social, y es que la enfermedad de Hansen tiene cura desde los años ochenta. Según la doctora Pérez López en declaraciones a La voz de Galicia, “la lepra es perfectamente curable en un plazo de seis a doce meses y con la aplicación de tres potentes drogas muy específicas”. Así, los residentes en estos asilos son aquellos a los que la enfermedad ya había afectado antes de esta fecha.

Aunque los leprosarios vayan a desaparecer y con ellos gran parte del estigma social que conlleva padecer la enfermedad de Hansen, es necesario que no silenciemos el trato que reciben sus miles de enfermos. El rechazo a la enfermedad en todas sus variantes y a aquellos que la sufren no deja de ser la manera que tiene la sociedad de manifestar su miedo a la muerte, pero no por este instinto se ha de aislar a parte de la sociedad. Son personas iguales que las demás, con la única diferencia de haber tenido la desgracia de contagiarse con una enfermedad con tantos prejuicios.

 

Créditos: Todas las imágenes de esta entrada han sido extraídas del tráiler de Una pastelería en Tokio, disponible aquí.

 

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Langosta. Solterofobia

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Si en mi post anterior os hablaba del amor y el papel que podía ejercer la tecnología en este aspecto, hoy os traigo un tema que mencioné por encima: la presión social de vivir en pareja. Ha querido la casualidad que el otro día acabase viendo Langosta y que precisamente tratase sobre esto mismo.

La verdad es que Langosta es una película extraña donde las haya, como ya nos muestra la sinopsis de IMDb (obviamente, traducida a mi manera): “En un futuro distópico cercano, los solteros son llevados al Hotel, según las leyes de La Ciudad, donde se les obliga a encontrar pareja en cuarenta y cinco días. Si no lo consiguen, serán transformados en animales y enviados al Bosque”. Haciendo a un lado todos los momentos surrealistas que no tienen ni pies ni cabeza, como la transformación de los solteros en animales, la caza de solteros humanos y el propio final, destaca la imposición social de tener pareja.

Langosta the lobster colin farrell rachel weisz the woods                Que la presión social por encontrar pareja en la sociedad occidental sea menor que en la oriental (más concretamente China) no quiere decir que no exista. En una cierta escena, la directora del Hotel explica que “las cosas se hacen mejor en pareja”, con su correspondiente dosis de machismo puesto que se representa teatralmente los peligros que tiene para una mujer ir sola por la calle, solucionado si se va acompañada por un hombre. La idea de que las mujeres están más seguras acompañadas por un hombre, por lo que necesitan un novio, es algo presente en nuestra sociedad de forma subliminal, y es que se acepta que vivimos en una sociedad machista y que las mujeres no se valen por sí solas, no pueden defenderse. Es una muestra más de lo mucho que seguimos necesitando el feminismo, por mucho que algunos digan.

Este estigma machista que pervive aun hoy en día se junta a la idea de que alguien de cierta edad que no tenga pareja es un/a bala perdida, alguien con un problema. De hecho, esto se dijo –una vez más– en el programa del martes 19 de First Dates, ese programa televisivo tan discutible que ha estrenado hace poco Cuatro. La conclusión: por alguna extraña razón, la sociedad quiere que vivamos en pareja. Ser soltero no es una verdadera opción.

El resultado más destacable de esta “solterofobia” –que obviamente no es el nombre científico– es la anuptafobia. Es decir, la imposición social de encontrar pareja conlleva que, a nivel personal, las personas tengan miedo de quedarse solteras. Temer quedarse soltero es, lamentablemente, algo comprensible en una sociedad que siente cierta desconfianza hacia aquellos que no encuentran pareja. En Langosta, la anuptafobia está justificada mediante la transformación en animales de los solteros, pero la verdad es que esto no deja de ser la respuesta de la sociedad ante lo que yo llamo solterofobia. Por eso mismo –y ojo, que esto podría considerarse spoiler–, El Cojo y la Señora de las Galletas representan las consecuencias que puede tener para el individuo: o bien permanecer en una relación tóxica en la que se engaña a la pareja para fingir tener algo en común, o incluso el suicidio. Lo último me parece más una dramatización o una reacción ante el miedo a la muerte, pero en todo caso los suicidios ocurren en muchos casos por incomprensión o presión social.

langosta the lobster colin farrell transformation room     Al margen de la anuptafobia, algo que también me ha llamado la atención es una de las normas del Hotel, que recoge Fotogramas: “Cada persona tiene un rasgo distintivo de personalidad. Para encontrar a tu pareja ambos deberéis compartir ese mismo rasgo”. En la película, los rasgos distintivos son mayormente defectos, en uno u otro nivel: cojera, hemorragias nasales, crueldad… Que cada uno lea en ello lo que quiera. La afinidad es la base de la pareja pero Yorgos Lanthimos, el director, se ríe de aquello que consideramos rasgos comunes. Sobre todo en el final, con el que muestra la pervivencia de los estereotipos en nosotros por mucho que los rechacemos.

En definitiva, Langosta desglosa las bases de una pareja, los miedos y los estereotipos y los da forma, creando un cuento distópico. La solterofobia es un hecho –aunque no el nombre– y está en nuestra mano ir eliminándola poco a poco, dejando de mirar por encima del hombro a los solteros, por ejemplo.

 

Créditos: Todas las imágenes de esta entrada han sido extraídas del tráiler de Langosta (The Lobster), disponible aquí.

Her. Amor en IA

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Joaquin Phoenix escuchando a Scarlett Johansson en el tráiler de Her.

Que hay gente que tiene mucho tiempo libre es un hecho, como que también hay gente que lo utiliza para hacer robots parecidos a Scarlett Johansson. Que sí, que solo ha habido una persona que lo haya hecho, pero eso no quiere decir que no haya más corriendo para imitarle. El caso es que recientemente un diseñador chino ha creado un robot muy similar a Johansson que se mueve –poco– y habla –poco–, y a mí esto me ha recordado a Her. ¿Por qué? A no ser que hayáis vivido debajo de una piedra durante los últimos años, sabréis que en 2013 se estrenó una película en la que un hombre bastante solitario –interpretado por Joaquin Phoenix– se enamoraba de un sistema operativo cuya voz era la de Scarlett Johansson. Que Scarlett ande metida en ambos tinglados es motivo suficiente para reflexionar, pero a mí lo que me llama la atención es la relación que se establece en nuestros tiempos entre la tecnología y el amor.

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El robot Mark 1, con un sospechoso -y aterrador- parecido a Scarlett Johansson (vídeo aquí)

El amor no vive buenos tiempos, y si no que se lo digan a todas las páginas webs para solteros exigentes –o no exigentes– que se lucran de ello. Aunque el negocio tenga sus resultados y algunos de sus usuarios encuentren el amor (o al menos eso afirman las páginas), sigue habiendo gente que no encuentra a su pareja ideal. Esto en nuestro país puede no parecer una catástrofe, pero en países como China la presión social para que los jóvenes tengan pareja y se casen es tan fuerte que muchos recurren a la contratación de novios falsos… o a la creación de Scarletts de plástico.

En Estados Unidos no llegan a esos extremos –de momento– y se conforman con comprarse un novio virtual por el módico precio de 25 dólares al mes. Este es el caso de Invisible Boyfriend –o Girlfriend–, una aplicación en la que creas a tu pareja ideal y para colmo te envía mensajes para que tengas pruebas de que tienes pareja y así el familiar de turno deje de preguntarte por tu vida sentimental en Navidad.

hatoful boyfriend

Imagen verídica del tráiler de Hatoful Boyfriend.

Y si estas alternativas tecnológicas tienen el propósito de huir de la presión social, qué decir tiene el caso de los simuladores virtuales de pareja. Esto ya no tiene nada que ver con contratar falsos novios, sino con tener citas con personajes ficticios ya sea para divertirse… o lo que surja. Aunque todos podemos descargar una aplicación para el móvil con este objetivo, en Japón –que siempre van un paso por delante– tienen los llamados juegos otome (los juegos de citas), disponibles en distintas plataformas. El mundo de los otome es muy curioso y en muchos casos incomprensible, con juegos como Hatoful Boyfriend, en el que el novio en cuestión es un pájaro. Literalmente.

En 2009, un japonés aficionado a Love Plus, uno de los otome más famosos, se casó con un personaje del videojuego. No es broma; lo recogió Telegraph. Como el personaje de Joaquin Phoenix en Her, se enamoró de alguien/algo ficticio, e incluso lo oficializó. ¿Hasta qué punto es posible enamorarse de la tecnología? ¿Es verdadero amor o algo digno de un seguimiento psicológico? No lo sé. En cualquier caso, parece que esto se convertirá en una tendencia, sobre todo teniendo en cuenta los avances tecnológicos en Inteligencia Artificial.

 

El regalo. Bullying en la pantalla grande

Fotograma de El regalo

Fotograma del tráiler de El regalo

El polifacético Joel Edgerton ha debutado en la dirección con el thriller El regalo. La verdad es que para mí hubiese pasado sin pena ni gloria si no fuese por un pequeño detalle que me tiene escamada desde que la vi. En el filme, un matrimonio es acosado por un antiguo compañero de instituto del marido y, sorpresa, sorpresa, ¿por qué les acosa? Atención spoiler que se ve venir desde el minuto uno: porque el marido le hacía bullying en su época estudiantil.
Me hubiese parecido bien la historia de venganza si Joel Edgerton –que también es el guionista de este “regalo”– no hubiese puesto tanto empeño en que sintamos compasión por el personaje de Jason Bateman y hubiese tratado con un poco de empatía a su propio personaje. ¿Qué pretende Joel Edgerton convirtiendo a la víctima en verdugo y al verdugo en la víctima de la que nos tenemos que compadecer, cuyas acciones en el pasado parece estar lejos de condenar? Este es el aspecto que más chirría de toda la película: da la sensación de que lo que intenta es justificar el acoso escolar, que en el instituto a Gordon se le llamase Gordo el Rarito (Gordo the Weirdo) porque estaba loco previamente; “como todos a los que hacen bullying”, parece estar implícito.
No sé vosotros, pero yo ya estoy cansada de que –sin querer, quiero pensar– sigan dando coba a la idea de que aquellos que son diferentes, los que sufren bullying, van a acabar haciendo lo mismo que sus agresores. Ni es la primera película ni será la última en mantener esta especie de estereotipo que no hace bien a nadie. Como ya he dicho antes, lo único que hace esta conducta es reforzar la idea que tienen algunos de que los acosados tienen algún problema mental previo, de que el bullying está en parte justificado, y no es así.
El acoso escolar o bullying es un tema que no se trata tan en serio como se debería. Estudios de Save The Children alertan de que en torno al 9,3% de los adolescentes españoles sufren actualmente acoso escolar en su forma más tradicional, que aumenta si tenemos en cuenta también el ciberacoso. Cuando los informativos recogen una noticia referente al bullying, hay que tener en cuenta que no es un caso aislado y de que el acoso escolar no consiste en “poner motes”. El acoso escolar es violencia intencionada y recurrente; ni los agresores son angelitos que no saben lo que hacen ni se contentan con hacer sufrir a los demás una sola vez. Lo más grave del bullying, en mi opinión, es el silencio que lo rodea, ya no solo por parte de los alumnos que lo presencian sino por parte del propio centro donde tiene lugar el acoso.

twitter bullying

Sondeo hecho por mí (disponible aquí)

Aunque el Consejo de Ministros haya decidido incorporar una serie de medidas para educar a los profesores en el tema, en mi experiencia los centros escolares no han actuado ni aun siendo notificados explícitamente. De hecho, se ha llegado a abrir un expediente a los centros por este motivo justamente , lo cual apoya lo que yo ya he visto y ha confirmado mi sondeo en Twitter (10 de 11 personas confirmaron que el centro escolar no actuó en el caso de bullying presenciado). Además, el único amago de medida que he visto yo se produjo tras una pintada en la fachada; es decir, cuando el problema no era visible únicamente para los alumnos.
El bullying es un problema que sufre la sociedad a escala global, y con películas que echan la culpa del acoso a la víctima o justifican el maltrato no se hace más que agravar un problema que ya de por sí es suficientemente grave. Por eso mismo, El regalo tiene un lado positivo y otro negativo: por una parte, da un poco de visibilidad al tema aunque, por otra parte, no lo trata de una forma en que se denuncie claramente la situación.

 

Concussion. La verdad sobre el fútbol americano

Concussion. American football

Hace unos meses se estrenó en Estados Unidos la última película de Will Smith, Concussion, titulada La verdad duele en España. Aunque pasó sin pena ni gloria por la taquilla española, lo cierto es que este biopic reavivó una polémica que la Liga Nacional de Fútbol Americano (NFL) ya había conseguido enterrar: los casos de CTE en los jugadores de fútbol americano.

El CTE –siglas en inglés de traumatismo craneoencefálico crónico– es una enfermedad causada principalmente por impactos fuertes y frecuentes en la cabeza. Como se explica en La verdad duele, muchas aves se enfrentan a impactos repetidamente sin sufrir el menor daño. Sin embargo, el cráneo humano no está preparado para ello. Estas leves conmociones provocan con el tiempo un daño cerebral que varía la conducta de aquel que lo sufre. Depresión, insomnio o pérdida de memoria son algunos de los síntomas observados, lo que provoca que el CTE haya sido confundido con el síndrome de Alzheimer durante años.

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Bennet Omalu

En 2002, Bennet Omalu, un neuropatólogo forense residente en Pittsburgh, descubrió la enfermedad al estudiar el cadáver de Mike Webster, un antiguo jugador de fútbol americano. Odiado por muchos e ignorado por otros tantos, el doctor Omalu se tuvo que enfrentar a toda una industria deportiva para que se reconociese que el fútbol americano era causa directa de la aparición del CTE. Esta es la historia que retrata La verdad duele. Aunque el filme acaba cayendo un poco en la dinámica hollywoodiense, en el drama y la tensión familiar, no hay que olvidar que esto acaba cumpliendo su misión. Denuncia el dolor causado por la actuación de la NFL, porque si de algo trata precisamente La verdad duele es de la negligencia: cómo unos directivos –e incluso doctores– esconden una verdad a gritos por su propio beneficio, es decir, el dinero.

El fútbol americano es el deporte por excelencia de Estados Unidos y mueve grandes masas de dinero al año; según la CNN, la temporada de 2014 generó unos ingresos de 12.000 millones de dólares. Si la sociedad americana tomase conciencia de los daños que genera este deporte, nadie querría que sus hijos jugasen al fútbol americano –el propio Obama afirmó ante el New Yorker que si tuviese un hijo, no le permitiría practicarlo a nivel profesional– y la industria se hundiría. Sin embargo, lo que no muchos tienen en cuenta es que el CTE no sólo se ha encontrado en jugadores profesionales de la NFL, sino que los estudios de la doctora Ann McKee han demostrado que también los jugadores de escuelas secundarias desarrollan la enfermedad. De hecho, Bennet Omalu defendió en un artículo para The New York Times que no se debería fomentar la práctica de deportes de contacto entre los niños, cuyo cerebro no está desarrollado plenamente. Entonces, ¿cuál es la solución? ¿Es este el fin del fútbol americano?

NFL    Parece ser que los directivos de la NFL se han dado cuenta de que ya no pueden esconder más el CTE y su conexión con el fútbol americano. Aunque la NFL lleva varios años financiando investigaciones de la enfermedad –presumiblemente, cuanto antes encuentren una solución, antes eliminan la polémica y pueden seguir ganando dinero sin que nadie les reproche nada–, no ha sido hasta ahora que ha reconocido de forma oficial el vínculo entre el CTE y el fútbol americano. Según ESPN, el pasado 15 de marzo el vicepresidente para Salud y Seguridad, Jeff Miller, admitió esta relación en una mesa redonda sobre conmociones cerebrales, basándose en los estudios de Ann McKee e ignorando el trabajo de Bennet Omalu.

Es curioso que la confirmación se produzca catorce años después del descubrimiento del CTE,  tras apenas cuatro meses del estreno de La verdad duele. Al margen de esto, nos tendríamos que preguntar si esta confirmación podría repercutir en la relevancia del fútbol americano en Estados Unidos o si, por el contrario, la gente va a poner por delante su afición por este deporte a los riesgos para la salud de los jugadores, de sus hijos.